La rebelión de los comerciantes empezó una vez arribaron los primeros camiones con la carga, tomaron la decisión de no recibir la mercancía. Las transacciones se pararon y los camiones no pudieron descargar el mercado.

Se trataba de las bodegas 13, 21, 24 y 25, las que muchos consideran el motor de la central de alimentos, allí se almacenan y venden papa, arveja, habichuela, fríjol, habas, cebollas cabezona y larga, ahuyama, zanahoria, remolacha, ajo y papa criolla.

Está en juego la soberanía alimentaria de Bogotá, señala Miguel Alarcón, comerciante de la central mayorista.

Hasta el momento nadie sabe quién dio la orden de cerrar las puertas, más de 300 camiones quedaron atrapados dentro de Corabastos y unos 500 no pudieron ingresar.

La venta se trasladó a la calle y se inició una nueva guerra, la guerra por la comida.

«Ya no se trata de la guerra del centavo, será la guerra por la comida», dice uno de los comerciantes que tuvo que vender sus productos en la calle.

El pulso en el fondo es político entre los comerciantes y la administración. La junta directiva está integrada por dos representantes de la Gobernación de Cundinamarca, uno del Gobierno nacional y uno de la Alcaldía de Bogotá.

Los comerciantes tienen tres puestos, pese a que tienen el 52 % de las acciones, por ahora la central permanece cerrada y no se sabe si este viernes abrirá sus puertas para otros 800 camiones que traen alimentos.

Los comerciantes se han declarado en asamblea permanente y ante el inminente cierre total de estas cuatro bodegas plantean que para superar el conflicto, el cierre sea del 50 %, pero no para todo Corabastos.