Las crónicas de nuestros boxeadores tienen como elemento común la pobreza y la falta de escenarios. En el caso de Céiber Ávila, en su pueblo llamado Currulao, que queda en el Urabá antioqueño, la imaginación tiene que noquear a la adversidad.

Desde hace 27 años el entrenador en Currulao tiene que dibujar en la tierra el cuadrilátero, los pugilistas deben imaginarse que están en un gimnasio, el saco y la pera cuelgan de los árboles porque no hay otra manera para sujetarlos.