“Te amo”: fueron las últimas últimas palabras que le dijo la pequeña Natasha Ryan a su madre tras darle el beso de despedida el 31 de agosto de 1998, antes de bajarse del asiento trasero del auto para ir al colegio.

Desde ese entonces, ninguna persona volvió a tener rastro de Natasha Ryan: desapareció sin más.

La cadena de investigaciones, rumores, presuntos vínculos de crimen y acusaciones hicieron de los cinco años siguientes a la desaparición de Ryan la redacción de un guión digno de una película policiaca.

El caso, que conmocionó a Australia al fin de la década de los 90, empezó con una acusación de crimen de una persona cercana a la pequeña Ryan, quien para ese entonces tenía 14 años de edad: un amigo cercano.

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Tokotaua, drogas e indiferencia ante la vida

Maioha Tokotaua, quien para la época tenía 15 años, fue la última persona que estuvo con Natasha Ryan antes de que se esfumara. Durante su amistad, los personajes encontraron puntos en común: su adicción a las drogas y el hecho de vivir “vidas terribles” .

Una semana antes de la desaparición de Ryan, el joven había sido violado y drogado bajo coacción de Leonard Fraser, un reconocido asesino serial de la época, y otro hombre que también abusó de él.

Natasha Ryan, quien estaba en el lugar y fue testigo del ataque, no pudo ayudar a su amigo y terminó en shock.

Siete días después del evento, la víctima Maioha era señalado por la desaparición de su amiga; él y su familia fueron puestos bajo vigilancia las 24 horas de cada día y el chico no hacía más que llorar por toda su situación.

Me arrestaron durante mi clase de inglés, delante de mis compañeros. Mi maestra lloraba y mi consejero escolar vino corriendo para intentar evitarlo” confesó Tokotaua. “No podía caminar por la calle ni ir al colegio porque la gente me miraba… seguramente pensaban que había asesinado a mi mejor amiga”, añadió a su testimonio cuando fue absuelto por falta de pruebas.

Harto de la persecución, el padre de Maioha decidió mudar a su familia.

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Fraser, el nuevo culpable

Las autoridades se olvidaron de Maioha y añadieron a la lista de culpables a Leonard Fraser, al cual capturaron a tiempo tras comprobar que secuestró, abusó, asesinó y se deshizo del cuerpo de Keyra Steinhart, una niña de 9 años, también cuando se dirigía a la misma escuela -ubicada en la localidad de North Rockhampthon, en Queensland-.

Las sospechas de que a Natasha Ryan le pudo pasar lo mismo que a Steinhart empezaron a subir cuando el convicto confesó a otros reclusos que asesinó a más mujeres. Pese a que reveló varios nombres de sus víctimas, de su boca nunca salieron las palabras “Natasha Ryan”, pero Fraser cumplía con el perfil y actuaba repetidamente en el lugar.

La Policía, junto a un compañero de celta consiguió que Fraser confesará, pero en vez de eso, su ‘fabulada mente enferma’ inventó un relato: había visto a Natasha Ryan en un cine, la capturó, la violó  y la asesinó: finalmente dijo que desechó su cuerpo en un lago cerca al aeropuerto. Lógicamente, la policía fracasó en la búsqueda, pero declararon culpable a Fraser.

Funeral sin cuerpo; resignación total

Jennifer Ryan, madre de Natasha, fue la primera en creer ingenuamente que su hija tenía que estar muerta producto del accionar delictivo de Fraser. La mujer estaba separada de su esposo, Robert, quien se había casado con otra, y se quedó con la custodia de Natasha.

Sin embargo, era una chica conflictiva y el ápice de una relación madre-hija disfuncional: se drogaba, se escapaba de la escuela y también de su casa con engaños. La ‘función’ paró para Ryan cuando la Policía descubrió que estaba en un hotel con su novio, Scott Ryan, cuando había dicho que iba a sacar a pasear a su perro.

El día de la desaparición, lo primero que hizo Jennifer fue acudir a la casa de Scott Ryan en compañía de policías. El joven esta vez aseguró que su pareja no estaba en casa; los policías revisaron toda la casa, y le creyeron.

Pasaron tres años de intensa búsqueda (2001) para que los padres de Natasha -ya con 17 años- aceptaran que su hija estaba muerta, y decidieron hacer un funeral. El padre fue el que más sintió el golpe emocional de la “partida de su hija”: “Podría irme a la tumba sin saber nunca qué le pasó a mi bella hija”.

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La chica del armario

En 2003, Natasha, quien ya tenía una “doble vida”, se enteró que su falso asesino -Leonard Fraser- iba a ser juzgado; pero la chica creyó que se trataba de un complot para obligarla a reaparecer.

Tres semanas antes del juicio, se rumora que Natasha llamó a la línea de ayuda para niños bajo el nombre de “Sally”: allí dijo que se había escapado para vivir con su novio y que, al día de hoy, un hombre iba a ser injustamente sentenciado por matarla.

El consejero que atendió el teléfono escaló la información de la llamada de “Sally”; luego la intentaron contactar, pero fue en vano. Después, llegó otra llamada de otra persona que, de forma anónima, entregó más detalles: dijo que Natasha Ryan estaba viva y dictó un número de teléfono; la policía siguió su rastro.

Ya pasaron cinco años después de la desaparición de Natasha; en la antesala del juicio final a Fraser, la Policía decidió allanar una casa en North Rockhampthon por última vez. Revisaron minuciosamente, habitación por habitación, hasta que al abrir uno de los armarios de un dormitorio los oficiales se llevaron la sorpresa de sus vidas: Natasha Ryan estaba allí escondida y acurrucada; visiblemente pálida, pero sin complicaciones de salud.

La joven no tuvo más remedio que confesar la verdad: había estado escondida durante todo ese tiempo y viviendo con Scott Ryan, y que logró ignorar deliberadamente todos los pedidos que hacían sus padres por su aparición: la joven nunca salía, no llamaba a nadie; “solo salió seis veces de casa desde su desaparición”.

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El juicio feliz

El día del juicio, al padre de Natasha -Robert-, le dijeron que saliera de la sala por un momento para atender una llamada de alguien que decía ser su hija: “Te quiero papá, me decías Grasshopper (saltamontes)”. El fiscal Paul Ruttledge dio la sorprendente e inédita noticia ante el juzgado: Natasha estaba viva.

“Cuando me encontré con ella, no dije casi nada”, dijo Robert, confesando que era como ver un fantasma. “Ella estaba muy bella, muy pálida y muy confusa y asustada. Pero estaba viva, eso significaba para mí más que nada en el mundo”, sostuvo.