Gionaira Chávez tuvo una crisis nerviosa cuando empezó a ver cientos de denuncias de violencia sexual en Venezuela que inundaron las redes sociales como eco del movimiento mundial #MeToo.

“Me sentí muy identificada, pasé por una crisis nerviosa, tuve que buscar ayuda psicológica”, cuenta Gionaira, violada a los 15 años.

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“Ya era hora de alzar mi voz”, dijo 13 años después esta estilista al leer las denuncias de abuso y acoso sexual que comenzaron a circular a mediados de abril y que salpicaron a agrupaciones teatrales, bandas musicales e incluso al aclamado Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela.

Su agresor era diez años mayor. “Insistió en llevarme hasta mi casa” al final de una cita en Caracas, recuerda con voz baja y mirada esquiva. “Cuando estamos a la altura del centro (…) esta persona… este… eh… me violó en el carro. Entonces me dejó en mi casa y más nunca supe de él”.

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La oleada de denuncias “me ha ayudado (…) a que yo pueda ver esto como una pesadilla que ya pasó, y simplemente continuar con mi vida”, asegura Gionaira.

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El abuso sexual “está normalizado” en una sociedad conservadora y patriarcal como Venezuela, estima Abel Saraiba, coordinador de Cecodap, ONG defensora de los derechos de niños y adolescentes.

La violencia sexual “lejos de estar contenida, en disminución, más bien está al alza”, alerta.

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Las cifras oficiales son escasas, prácticamente inexistentes, aunque el fiscal general, Tarek William Saab reportó que desde que asumió el cargo en agosto de 2017 fueron presentadas en Venezuela 8.450 imputaciones por delitos sexuales, emitiéndose 1.676 órdenes de aprehensión.

En apoyo a las víctimas emergió la consigna #YoSíTeCreo, similar al globalizado #MeToo que derribó ídolos de la industria del entretenimiento en Estados Unidos.

Yo Te Creo Venezuela, movimiento nacido en paralelo, ha recibido más de 600 denuncias de violencia sexual.

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Carmela Pérez hizo una de las primeras denuncias. Fue una de las presuntas víctimas de Alejandro Sojo, vocalista de la banda de pop rock venezolana Los Colores, a quien acusan de haber abusado de menores siendo él adulto. Ella tenía 15 años y él 23 cuando comenzaron a salir.

Sus encuentros se tornaron turbios, dice Carmela, hoy de 20 años. “Él quería quitarme la virginidad y yo no quería”, cuenta. “Fue tan insistente que le dije que tenía la menstruación. Esa fue la manera de pararlo”.

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El cantante difundió un comunicado lamentando “profundamente” el daño por su “comportamiento de muchacho ignorante e imprudente” en el pasado.

Sobre Sojo, radicado en Buenos Aires, y un baterista de otra agrupación pesan órdenes de captura por “abusar sexualmente” de adolescentes.

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Una investigación fue abierta también en abril contra el escritor venezolano Willy McKey, que reconoció haber abusado de una menor después de que una joven divulgara en redes, bajo anonimato, un detallado relato. McKey, de 40 años, se suicidó días después en Buenos Aires, donde vivía.

“La gente está tomando conciencia” de “dinámicas de abuso” consideradas normales en Venezuela, destaca Saraiba.

La violencia sexual en este país está penalizada con hasta 12 años de prisión si hubo “abuso de autoridad, de confianza o de las relaciones domésticas”, establece el Código Penal.

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Pero Ariana González, de Yo Te Creo Venezuela, advierte que muchos casos no llegan a denuncias formales por desconfianza en la justicia.

“La gran mayoría de las víctimas no quiere que su abusador vaya preso, quiere que alguien les crea”, señala otra activista, Andrea Hernández.

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Yaraní Acosta, de 23 años, se culpaba a sí misma por haber “estado borracha” cuando un amigo abusó de ella en una fiesta universitaria en 2019.

Esta morena de pelo oscuro recuerda que quería solo unos besos, pero él la llevó a una oficina y se tornó “un poco agresivo”.

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“Mi siguiente recuerdo es (…) él abriendo la puerta y yo sentada adentro arreglándome la camisa, poniéndomela. Obviamente, no sé por qué me la estaba poniendo si, en teoría, no debía haber pasado nada”, cuenta. Al día siguiente, tenía “un montón de morados”.

Con la reciente oleada de denuncias, lo confrontó: “Él pensaba que igual todo estaba bien y tuve que explicarle, básicamente, por qué lo que él había hecho estaba mal”.

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“No quise poner la denuncia contra mi abusador porque, al final, yo lo perdoné”, añadió.

Es parte de su “proceso de sanación”, estima Andrea Hernández, que “no necesariamente está atado a la justicia”.

Gionaira, hoy casada y con una niña de tres años, sí denunció: “Sé que no voy a tener justicia (…), pero sí me da un poquito de alivio pensar en que puedo evitar un futuro abuso”.