El papa Francisco se inclinó ayer a los pies de once refugiados en Europa de la guerra en Siria, Libia e Irak, entre ellos dos musulmanes, en un gesto de humildad. Al tiempo, la Corte Penal Internacional sentenció a 40 años de cárcel a Radovan Karadkzi, el líder serbio que ocultó durante tres años el asesinato sistemático de hombres adultos y la violación de las mujeres musulmanas de Bosnia-Herzegovina.

En el barrio Molenbeek, de Bruselas, se concentra la mayor población francófona musulmana en Europa, las masacres racistas de Bosnia siguen tan vivas en la mentalidad de los árabes, como los intentos del gobierno francés por prohibir la burka y se recuerdan con menos intensidad gestos como el del papa Francisco.

Allí fue capturado Najim Laachraoui, quien hizo parte del plan de los hermanos Al Brakaoui que se inmolaron en el aeropuerto y una estación de metro de Bruselas, por instrucciones del Ejército Islámico. Laachraoui, además, admitió haber tenido conversaciones cercanas y frecuentes con Salah Abdeslam, el prófugo autor de la masacre de noviembre en París, que fue capturado en la víspera de la masacre de Bruselas.

Tanto las masacres, como el flujo de refugiados desde la guerra hacia Europa, crean así un círculo vicioso en el que los europeos intentan cerrar su mundo a los musulmanes, que ven como un peligro, y éstos intentan encontrar en Europa el refugio pacífico que la guerra, incluyendo los ataques de la Unión Europea, les niega en su propia tierra.

Hoy precisamente, y como consecuencia de los ataques de ISIS en Bruselas, la flota de bombardeos F-16 de Bélgica se unió a la ofensiva contra los fundamentalistas islámicos.