El día de las votaciones en el Reino Unido, Theresa May estaba convencida de que sería la ganadora absoluta. Para eso había convocado a los ingleses, a las urnas, pero el resultado la dejó más débil de lo que estaba antes de esa jornada.

El revés político que sufrió la Primera Ministra consistió en que no logró la mayoría requerida en el parlamento para continuar dirigiendo el país.

En las calles de Londres algunos manifestantes con pancartas y gritos caminaron hacia la Plaza del Parlamento para protestar por la maniobra que May intenta hacer para consolidarse en su cargo en vista de que el opositor partido laborista está pidiendo su renuncia. Ella está tratando de crear una coalición entre su Partido Conservador y el Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte (DUP), el único que propende por mantener la anexión al Reino Unido a pesar de los acuerdos de paz de viernes santo. Esta alianza le permitiría a May sumar los 10 escaños que necesita para ser mayoría.

La fractura política por la derrota ya derivó en las primeras renuncias. Dos de sus escuderos más poderosos, Nick Timothy quien era su jefe de gabinete y Fiona Hill, segunda al mando, tuvieron que irse para darles paso en sus puestos a los nuevos aliados irlandeses si es que esta unión se concreta.

Sin embargo, el Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte (DUP) se ha negado a dar detalles de las peticiones que les haría a los conservadores para acceder al gobierno de May, aunque se supo que hoy llegó a un pre-acuerdo. Entre tanto, las consecuencias políticas empiezan a notarse: los opositores laboristas se sienten triunfadores porque por primera vez después de la era conservadora, ganan escaños y posicionamiento en el parlamento y en la vida pública. Y los antibrexit han tomado renovado vigor para cobrarle a May su desatino al salirse de la Unión Europea.