Lo que comenzó como un cuento chino, ya hace un año en Colombia, por cuenta de la pandemia del COVID-19, desde cuando fue reportado el primer caso de contagio en Bogotá , de una joven de 19 años que regresaba de Italia, terminó cambiando, para bien o para mal, todas las maneras de relacionamiento de los ciudadanos.

El país, como todo el mundo, sufrió una recesión no vista en décadas, desempleo a niveles históricos, miles de empresas quebradas  y aumento vertiginoso de la brecha social.

Lo primero que invadió a los colombianos, con esta nueva realidad, fue el miedo que se apoderó de todos: individual y colectivamente. Como en una película de terror.

Dice el psiquiatra Rodrigo Córdoba, profesor de la Universidad del Rosario, que la salud mental está en juego porque ‘’en la cotidianidad aumentaron las preocupaciones, el miedo, el temor de perder la existencia propia o de seres queridos, la preocupación excesiva por el futuro’’.

A la angustia por la vida se sumó el desespero por la pérdida de los puestos de trabajo. En enero de 2021, según el DANE, el desempleo se situó en el 17,3 %, siendo las mujeres las más afectadas con una tasa de desempleo del 22,7 %. Las frías cifras hablan de 4.167.000 desocupados en este inicio de año y de una informalidad del 50 %.

En solo Bogotá y los 59 municipios que agremia la Cámara de Comercio, en 2020 fueron liquidadas 24.393 empresas, la mayoría micronegocios.

‘’Los empresarios realizaron, entre otras cosas, esfuerzos extraordinarios para mantener la nómina y aprendieron a trabajar en un entorno de creciente incertidumbre’’, dice Uribe.

En un país como Colombia, donde su gente tenía por norma el contacto físico y la socialización en fiestas, cines,  teatros, paseos, estadios deportivos y parques, las restricciones de bioseguridad para evitar contagios masivos han sido un duro golpe de asimilar, con prohibiciones tales como no poder asistir a sepelios y ceremonias religiosas para despedir a sus seres queridos.

Pero los niños, menores de 7 años, fueron los más afectados. A esa edad es cuando mejoran su motricidad gruesa y comienzan a entender los sentimientos y a manejar emociones. El no poder recibir clases escolares presenciales es otro problema del cual el impacto se verá dentro de varios años.

‘’Perdieron en la socialización, perdieron en la retroalimentación del maestro. Paradójicamente ganaron mucho en habilidades digitales, en esa alfabetización digital, que la escuela estaba relegada en eso.  En eso ganaron”, explica la profesora Dayana Álvarez, una joven pedagoga del colegio público de Bogotá Enrique Olaya Herrera.

Positivo ha quedado el ingenio para superar situaciones adversas. La solidaridad con los que menos tienen. También, aunque aún deficiente, el fortalecimiento del sistema de salud.

Positivo, también, que ya haya vacuna contra el COVID-19, y por supuesto, las alternativas que abre el mundo virtual. Pero nada será igual en esta nueva realidad de tapabocas, alcohol, jabón y gel a mano.