La puesta en marcha de los sistemas integrados de transporte masivo que ya funcionan en siete ciudades del país, (Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Barranquilla, Cartagena y Pereira), planteados como una estrategia de solución ante las deficiencias identificadas en el transporte urbano de pasajeros, se ha convertido, en algunos casos, en un dolor de cabeza y hoy salvo algunas excepciones, están pasando por una profunda crisis financiera y operativa.

El Ministerio de Transporte atribuye esto a la concepción de los sistemas y a la incapacidad de los operadores de cumplir sus obligaciones, pues ninguno ha cumplido con los cronogramas de implementación y expansión.

Germán Cardona, ministro de Transporte, sostuvo que “en su momento se le entregaron a las diferentes autoridades regionales, para que fueran ellos, con el aporte del Gobierno nacional que es del 70 % para montar los sistemas, quienes los implementaran y los pusieran a rodar”.

Para César Dockweiler, experto en movilidad y gerente de MiTeleférico, el más extenso y moderno del mundo, ubicado en La Paz, Bolivia y quien conoce de primera este tipo de modelos y ha tenido la oportunidad de estudiarlos en nuestro país, el problema radica en la falta planeación, de integración y en creer que un solo sistema podría solucionar los problemas de movilidad.

Pagos por congestión o por estacionamiento en espacios públicos, valorizaciones, plusvalías y pagos por publicidad, son algunas de las posibles soluciones que se han planteado para tratar de salir de la crisis.

En Bogotá generó polémica que se pensara en la posibilidad de crear un nuevo impuesto a los vehículos particulares para subsidiar el sistema integrado de transporte público. 

El antiguo sistema de transporte de Bogotá

Las imágenes del documental “La Guerra del Centavo”, de Ciro Durán, además de remover seguramente muchos recuerdos, muestran claramente lo que se vivía en Bogotá en materia de movilidad hace ya varias décadas

La capital del país estaba sumida en un modelo de transporte urbano de pasajeros, popular en otras ciudades del mundo, que fue tomando fuerza en Latinoamérica y que, según los expertos, fue una muy mala decisión para la ciudad.

José Stalin Rojas Amaya, director del Observatorio de Movilidad de la Universidad Nacional, sostuvo que “la guerra del centavo imperó en Colombia hasta el año 2000, aproximadamente. Ese modelo perverso obligaba a los señores conductores a no tener una seguridad social, a no tener un salario fijo, obligaba a los señores pasajeros a una mala experiencia en calidad de viaje, no había paraderos.

Algunos señalan que las malas decisiones en materia de transporte público se tomaron desde hace 70 años, desde aquel fatídico 9 de abril de 1948 cuando ocurrió el bogotazo y buena parte del tranvía fue destrozado.

Desde allí no se pensó en una solución mixta sino que se apostó únicamente a los buses, que ya existían. Un modelo que en principio era administrado por el Estado pero que se fue privatizando gradualmente.

Ante las deficiencias que caracterizaban la prestación del servicio público en las principales ciudades del país representadas en la operación inadecuada, equipos obsoletos, deficiente calidad de la infraestructura vial, el Gobierno formuló una política pública de transporte urbano.

Pocos años después, bajo la primera administración del alcalde Enrique Peñalosa, se empezó a estudiar la posibilidad de tener un sistema con esas características y tras buscar muchas opciones para acabar con el caos bogotano, puso sus ojos en Curitiva. De ese rincón del sur brasileño nació la idea de implementar TransMilenio, inaugurado el 4 de diciembre del año 2000. 

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