Una adolescente enamorada fue la clave para que su novio, un paramilitar del bloque Tayrona, dejara las autodefensas y la abrazara a ella. Primero fueron novios en el colegio… Él desde la clandestinidad le mandaba mensajes y chocolates, que ella sólo aceptó hasta cuando él se desmovilizó frente a los funcionarios de la Consejería para la Reintegración.

Carlos y Patricia recuerdan que se enamoraron  desde que tenían uso de razón.

Las primeras tomadas de manos, la primera sonrisa y el primer beso inocente hicieron que se prometieran nunca desunirse, pero las autodefensas unidas de Colombia rompieron ese sueño.

Al convertirse en cristina Patricia  le pidió a Dios que la volviera a unir con su eterno amor  y el milagro se cumplió un día en las afueras de Santa Marta.

Y desplegó su mejor estrategia para dispararle a su amado directo al corazón, le despreció la primera carta que él le envió para que se uniera a ella sin el consentimiento de Dios y de su familia.

Siguiendo a su amor Carlos se desmovilizó, entregó su fusil y comenzó una nueva vida.

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Hace tres meses, como en su sueño, Patricia entró a su iglesia vestida de blanco, tomada de la mano de su eterno enamorado a quien se propuso robárselo a la guerra.