Era 1998, faltaban todavía unas horas para que el sol asomara en el horizonte, ni siquiera había comenzado la resaca de la noche de Halloween cuando las Farc lanzaron su ataque más bárbaro contra la ciudad de Mitú, una ofensiva que dejó sin aliento a Colombia y de la que hoy se cumplen 20 años.

«Era una noche de pesadillas, se sentía en el ambiente que algo iba a pasar. Yo estuve pasando revista a mis hombres hasta las dos de la mañana (…) y sobre las 4.30 me despierto sobresaltado porque comienzan a sonar los disparos y las explosiones», afirmó el general retirado de la Policía, Luis Mendieta, quien estuvo 12 años secuestrado por la misma guerrilla.

En aquellos días, el entonces coronel Mendieta era el comandante de la Policía de Vaupés.

El ambiente era pesado en una ciudad amazónica que hoy apenas cuenta con 25.000 habitantes y que está prácticamente aislada del resto de Colombia porque solo se puede acceder por vía aérea.

A Mendieta ya le había advertido un alto cargo de Pastrana que «no se fuera para allá, porque allá está que se toma ese municipio las FARC».

También lo sabían los cerca de 120 policías que le acompañaban y de quienes Mendieta resalta «su heroísmo», puesto que oficiales y suboficiales sabían a lo que se enfrentaban.

Además, era «supremamente difícil» que en caso de un ataque, les llegara ayuda por la compleja geografía de una ciudad cuyo aeropuerto la entonces guerrilla ocupó en sus primeras horas.

Publicidad

«Aparte de eso, los muertos iban a ser muchos, por no decir todos, debido a la magnitud de hombres que iban a participar en ese ataque terrorista», explica el alto oficial en su residencia de Bogotá.

Por si eso fuera poco, la información de inteligencia que le llegaba indicaba que cerca de 1.500 hombres de las Farc se habían desplazado a la zona para participar en la ofensiva.

Por eso las autoridades policiales reunidas en Mitú tenían claro que el «ataque iba a ser cruel y espeluznante», explica Mendieta.

Cuando estalló el ataque, la ciudad se vio inmersa en una lluvia de bombas y balas de todos los calibres que cegaron la noche de Mitú.

Utilizaron armas convencionales y de fabricación propia, como los temidos cilindros-bomba, cuya falta de precisión fue uno de los grandes temores de la población civil durante la época más cruenta del conflicto armado con las Farc.

Los más de 1.500 guerrilleros se dividieron en tres círculos de ataque muy bien delimitados. Unos 500 estaban en la línea de frente mientras el resto protegían la retaguardia ante la posible llegada de ayuda.

Además, cortados los pasos por el río Vaupés y ocupado el aeropuerto, el coronel Mendieta y sus hombres estaban solos en una resistencia épica.

La inmisericordia de los atacantes, dirigidos por Víctor Julio Suárez Rojas, alias «Mono Jojoy», hizo que todas las casas alrededor de la estación policial quedaran arrasadas.

«Resistir, todo el tiempo que sea posible», esa era la premisa que hoy recuerda el general Mendieta. Lo consiguieron durante casi diez horas.

La escena de los 61 policías sobrevivientes rindiéndose ante la imposibilidad de no poder mantener la defensa después, de quedar arrinconados en las ruinas del cuartel, quedó en la retina de los colombianos.

Comenzaba para ellos la peor de las experiencias: el secuestro en las selvas de Colombia que duró doce años para Mendieta, quien ascendido a general mientras permanecía cautivo.

Fue entonces cuando el Ejército  puso en marcha la operación para retomar Mitú.

Ante la imposibilidad de enviar refuerzos desde bases colombianas, todas ellas muy lejanas de Mitú, utilizan la de Querari en Brasil, mucho más cercana, lo que generó una vehemente protesta diplomática del gigante suramericano.

Más de un millar de soldados, incluidos fuerzas especiales, se lanzaron contra los guerrilleros apoyados por cerca de diez helicópteros de combate y una flotilla de aviones de combate de la Fuerza Aérea.

El esfuerzo militar incluyó desembarcos aéreos, traslado de soldados de buena parte del país y una contraofensiva total que terminó con la huida de las FARC el 3 de noviembre.

Atrás quedaban 16 policías, 14 militares y once civiles muertos, además de cerca de un centenar de guerrilleros caídos y una ciudad reducida a escombros.

Fueron los tres días más largos del conflicto, lo que sumieron a Colombia en 72 horas de terror en los que las pesadillas más tenebrosas cobraron vida.