Nadie en el país entendió dos cosas con respecto al retiro de Juan Pablo Uribe como ministro de Salud: primero, por qué renunció y segundo, por qué le aceptaron la dimisión. En todas las encuestas que se han realizado sobre el gabinete, Uribe apareció siempre como uno de los mejores calificados, mérito logrado por su exitosa gestión: logró ejecutar el acuerdo de punto final, para acabar con el círculo vicioso de las EPS que recaudan y no pagan a los hospitales, y sanear así las finanzas del sector. Antes de Uribe nadie sabía quién le debía a quién y mucho menos cuánto debía. Uribe, como ministro, mejoró la calidad de los servicios de salud y fortaleció el control de precios de medicamentos. Fue un brillante ministro.

Su versión sobre la razón de su retiro fue la de un supuesto cansancio físico. Difícil de creer; la verdad es que el ministro no debió soportar más el enfrentamiento con el superintendente, Fabio Aristizábal, pelea que, dicen, Aristizábal planteó desde cuando él hizo el empalme con Alejandro Gaviria; pero nombraron a Uribe, siendo además Aristizábal de las entrañas del expresidente Álvaro Uribe.

Como superintendente cazó la pelea. Todo lo que tenía que ver con el manejo de las EPS lo hizo Aristizábal sin siquiera consultar al ministro.

Y así, ¡cualquiera se aburre y se va! Claro que los dos, ministro y superintendente, lo niegan.