«El Departamento de Defensa está siguiendo atentamente la situación», informó la teniente coronel Karen Finn.

La oficial declinó comentar la sospechada presencia de sustancias tóxicas en el satélite, mencionada por la prensa norteamericana, ni precisó de qué tipo de satélite se trataba.

Estados Unidos cuenta con una red de satélites espías que es la más densa del mundo, lo que le permite llevar a cabo una guerra de nuevo tipo, renunciando al recurso de bombardeos masivos que caracterizó durante largo tiempo su estrategia militar, en favor de ataques quirúrgicos lanzados desde el espacio con precisión de unos pocos centímetros.

Las características de estos satélites, cada uno de los cuales cuesta más de mil millones de dólares, constituyen un secreto de Estado, pero se sabe que algunos de ellos funcionan en forma coordinada, lo que permite contar con imágenes en relieve de las zonas observadas.

Para atender necesidades militares, los satélites espías requieren frecuentes correcciones de órbita, una exigencia que implica que disponen de una reserva de energía más importante que los demás artefactos que orbitan alrededor del planeta.

La hidrazina, una sustancia química altamente tóxica, es el carburante de elección para los motores de los satélites «clásicos». Esta sustancia ataca el sistema nervioso central y, en dosis altas, puede ser mortal.

Afortunadamente, según hace saber informe la agencia francesa INERIS, la hidrazina se degrada rápidamente bajo el efecto del calor y de los rayos ultravioletas.

El combustible nuclear es otra opción utilizada para la propulsión de los satélites, con pilas que funcionan con plutonio o con uranio enriquecido.

Esta es la tecnología que se emplea normalmente en las sondas que deben alejarse de la Tierra, mientras que los satélites espías son colocados en una órbita baja a fin de poder captar el máximo de detalles.

Pero el uso de energía nuclear permitiría aumentar la maniobrabilidad de un satélite espía y prolongar su vida útil, lo que no es un dato menor ante el elevado coste de este tipo de equipos.

En enero de 1978, un satélite espía soviético (Cosmos 954), movido por un reactor nuclear, se estrelló en la inmensa área desértica del norte de Canadá.

Muchos satélites han salido de sus órbitas en el pasado y cayeron sin causar daño. Nos planteamos todas las opciones disponibles para mitigar eventuales daños que su caída pudiera causar, expresó el sábado el portavoz del Consejo de Seguridad

Washington
AFP