Mientras tanto en Ibagué, dos familias celebran el regreso a la libertad de sus seres queridos. Otra, sigue sufriendo.

Mientras que en las casas de los Castellanos y de los Durán celebran. En la familia de Wilson Roa, un policía secuestrado hace nueve años en Puerto Rico, Meta, espera que él también vuelva.

Mientras en la casa de la familia del intendente Castellanos, recortan notas de periódico y terminan de pintar las pancartas con las que piensan recibirlo.

En la del cabo Duran ensayan el desayuno que más le gusta.

Todos están de fiesta y a la espera de que sus familiares liberados salgan del hospital, para tenerlos de nuevo en sus casas.

Ellos siguen mirando las imágenes de la liberación y las fotos del hospital una y otra vez.  Como si les pareciera mentira que ya están libres.

Pero su alegría no es completa porque otra familia, como la del intendente Roa, también de Ibague, no pueden celebrar porque el sigue secuestrado.

Por eso todos. Los que celebran y los que siguen con el dolor de no tener aún a sus familiares en casa, insisten en que los colombianos deben continuar luchando por la liberación de los que quedaron en la selva.

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