Todo el mundo conoce la afición de mi familia, como la de tantos miles y miles de colombianos, al Santa Fe.

Por lo tanto, deben suponer la situación de amargura que vivimos. Santa Fe está al borde del precipicio, en uno de los peores momentos de su historia.

Cuando César Pastrana encargó a Juan Andrés Carreño la presidencia del club, supusimos que, por su amor al equipo, haría una buena gestión directiva. ¡Qué equivocación! No sabemos si Carreño es ventrílocuo de Pastrana o de otros socios propietarios del Santa Fe, o si actúa con independencia. Sea lo uno o sea lo otro, la presidencia de Carreño pasará a la historia como el directivo que condujo al equipo al último lugar y lo sacó de todos los torneos internacionales a los que estaba acostumbrando al país. Vendió o cedió o prestó todo lo bueno y contrató remiendos, exjugadores y futbolistas que son más alcohólicos anónimos que jugadores. U otros, como un jugador pasado de kilos y que Carreño debió suponer que no era él, sino el hermano. Improvisó a quien fuera un buen jugador, como técnico, y que no tiene noción de dirigir a un equipo. No es su culpa: si se contrata a quien no sabe cómo se hace un edificio para que lo construya, está asegurado el desastre. La nuestra es una afición resignada que está siendo atropellada por todos: malos jugadores, propietarios ausentes, un presidente improvisado que solo tiene buena voluntad y, suponemos, atiende órdenes… En Santa Fe, hoy, primero se decide a la topa tolondra y luego se analiza.

Por ahora, solo nos queda nuestro blanco y rojo, su grandeza, su heroísmo y su gloria del pasado. El presente es fatal y el futuro es un océano de dudas. ¡Ay, mi Santa Fe!