La gran diferencia entre el juicio político contra Bill Clinton y el ordenado ayer en la misma Cámara contra Donald Trump es que desnuda la realidad que vive Estados Unidos. La gran diferencia es pasar de la seducción a la sedición.

En diciembre de 1998, se inició en la Cámara de Representantes estadounidense el proceso de juicio político contra el presidente número 42, Bill Clinton; los cargos fueron perjurio y obstrucción a la justicia, y la acusación surgió de la demanda por acoso sexual de Paula Jones, una subalterna de Clinton, cuando este era gobernador de Arkansas. Ese proceso abrió una investigación que terminó por revelar las relaciones de Clinton, ya como presidente, con la pasante en la Casa Blanca, Mónica Lewinsky.

Los cargos de perjurio y obstrucción surgieron porque Clinton afirmó que nunca tuvo relaciones con la señorita Lewinsky, pero gracias a unas grabaciones hechas por una compañera de Mónica que fueron entregadas al FBI, Clinton tuvo que admitir que sostuvo un affaire con su practicante y por eso fue enjuiciado en el Congreso. Finalmente, el Senado lo absolvió el 12 de febrero de 1999, es decir, hubo juicio a Clinton por seducción.

Veintidós años después, Donald Trump fue enjuiciado por la Cámara, que concluyó que Trump incurrió en el delito de «incitación a la insurrección» y lo hizo mediante una invitación pública a sus seguidores, que la consideró como motivación de la revuelta del 6 de enero.

Según la acusación: «Trump instó a sus seguidores a que se hicieran oír para “luchar como el infierno” contra unas elecciones que, les dijo falsamente, les habían robado». Ocurrió el asalto al Capitolio, que ocasionó cinco muertes, decenas de heridos y más de sesenta detenidos. Y también enfrentan cargos de sedición, insurrección y hasta terrorismo, y podrían tener hasta 60 años en la cárcel.

En Washington D. C., ya dicen que algo va de la seducción de Clinton, a la sedición de Trump.