Manuel Marulanda, alias «Tirofijo», permaneció los últimos años de su vida en un sitio llamado Guayabo Negro, en la zona de El Pato, en el Caquetá. Vivía en una finca que él mismo bautizó con el nombre de Ratones, porque según él, había muchos ratones en las alturas de esa pequeña atalaya.

Marulanda nació en Génova (Quindío), en 1930, y murió el 26 de marzo de 2008; tenía 77 años. Solo un grupo de ocho guerrilleros conocía el lugar exacto donde fue sepultado en una zona de El Pato. A Óscar Montero, alias «el Paisa», las Farc le encomendaron proteger a Marulanda cuando mostró síntomas de debilidad. El Paisa lo acompañó los últimos tres años de su vida.

Acaba de ser público el libro «La segunda Marquetalia», escrito por Iván Márquez y Jesús Santrich. En el libro, hay un capítulo relatado por el Paisa, en el que cuenta que Marulanda permaneció cinco años sepultado, sin novedades. De pronto, ocurrió algo extraño: el cadáver de Marulanda había sido extraído de su tumba. Uno de los hombres de confianza del Paisa lo supo al confirmar remoción de tierra en la tumba y se lo contó al Paisa. Fueron hasta el lugar de sepultura y confirmaron que su cadáver no estaba. El Paisa averiguó qué pudo haber ocurrido y estableció que Timochenko y Carlos Antonio Lozada dieron la orden unilateral y sin consulta al secretariado para trasladar el cadáver a otro lugar.

Dice textualmente el Paisa en el libro: «Se lo robaron sin que me percatara y lo supe cuatro años después del robo, en el 2016. Eso fue para mí un golpe traicionero y una gran sorpresa».

Entonces, el Paisa, comienza a averiguar qué hicieron con el cadáver de Marulanda. Su investigación lo condujo a descubrir algo aterrador: el cadáver de Marulanda había sido descuartizado, para poderlo trasladar a Bogotá y luego al Meta. Inexplicablemente, después de cuatro años de sepultura, el cadáver de Marulanda estaba en relativamente buen estado. El Paisa narra en el libro que tomó entonces la decisión de establecer en qué lugar habían sido sepultados los restos despedazados; 18 guerrilleros, encabezados por el propio Paisa, salieron del espacio territorial de Miravalle, donde ya estaban concentrados después de la paz. Todos iban armados, recorrieron un trayecto de diez horas, hasta cuando llegaron al lugar donde se suponía estaban los restos de Marulanda; sin embargo, fracasaron: sus informantes habían sido engañados. Regresaron a la concentración en Miravalle. Unos días después, el Paisa logró establecer el sitio exacto donde estaban los restos: una escuadra de 12 unidades distribuidas en tres vehículos, comandada por el Paisa, llegó al lugar y efectivamente, hallaron «los huesos del comandante en jefe, acomodados en una caneca plástica», según narra el Paisa.

Hoy, los restos de Manuel Marulanda Vélez reposan en un lugar secreto. Pero esta historia dejó rotos para siempre a dos antiguos sectores de las Farc: mientras unos siguen cumpliendo el acuerdo de paz, otros decidieron regresar a las armas, volver al monte.

El libro de Márquez y Santrich está siendo distribuido digitalmente. Las disidencias de las Farc confían en poderlo publicar impreso.