El 16 de mayo de 1984 se presentó el hecho que cambiaría para siempre la historia de una de las universidades más importantes del país.

Hay que remontarse hasta 1976 para conocer las causas que desencadenaron la masacre casi una década después: El Espectador recuerda que en el inicio de la segunda mitad de la década de los setenta el Consejo Superior Universitario (CSU) decidió que las residencias universitarias, edificios destinados a dar alojamiento a estudiantes de clases populares que llegaban a Bogotá a formarse en la UNAL, eran un problema de orden público; la decisión fue cerrarlos.

Esta medida redujo la capacidad de alojamiento de 4.000 personas a solamente 500; quedaron únicamente habilitadas las residencias femeninas (hoy edificio Manuel Ancizar) y algunos otros bloques destinados a parejas casadas y con hijos. La deserción estudiantil se disparó.

Para 1982 comenzaron un movimiento de recuperación de estos edificios, incluso llegando a ocuparlos ya que estos se mantenían sin uso. El rector de aquel momento, Fernando Sánchez Torres, fue participe de la negociación con los estudiantes en la cual llegaron a un acuerdo para volver a dar luz verde para las residencias en abril de 1984.

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Jesús ‘Chucho’ León, un estudiante de odontología de la U. Nacional, era dirigente de la organización Cooperación Estudiantil, colectivo que, entre otras cosas, trabajaba en pro de la recuperación de las residencias.

La situación de Colombia por esos años había sido compleja debido al Estatuto de la Seguridad Democrática (polémico Estado de Sitio decretado por el entonces presidente Julio César Turbay Ayala) en el cual concedía facultades de policía judicial a las Fuerzas Militares. Recuerda El Espectador que esa fue una época de polarización social, crisis de derechos humanos, confrontaciones armadas y denuncias ante la comunidad internacional; la persecución a los movimientos estudiantiles estuvo a la orden del día.

El 10 de mayo (aunque algunas versiones dicen que el fue el 9), ‘Chucho’ León fue interceptado en la ciudad de Cali y desaparecido; su cuerpo, con claras señales de tortura, apareció después en el campus de la Universidad del Valle, lo cual generó mucha agitación dentro de los estudiantes.  

El 16 de mayo de 1984, recuerda Memoria UN, se organizó una protesta después de las asambleas estudiantiles que se llevaron a cabo aquel día. Comenzó el caos.

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Los tropeles iniciaron en las entradas de la Calle 26 y Calle 45 de la Universidad Nacional en Bogotá; la fuerza pública, en lo que al parecer fue una acción planificada, envió al escuadrón de motorizados, la fuerza disponible, los servicios de inteligencia F2 y el Grupo de Operaciones Especiales (GOES). Estos cuerpos policiales, con armas letales y no letales, rápidamente superaron la resistencia estudiantil.

¿Qué ocurrió ese día? Es algo incierto, a decir verdad. Las versiones son encontradas: algunas hablan de disparos desde dentro de la universidad hacia la fuerza pública, otras de la brutalidad policial abriendo fuego contra los estudiantes, que los golpearon e incluso se llevaron a varios en las patrullas que ingresaron por ambas entradas al campus.

El caos reinó, y quienes se encontraban allí buscaron refugio en los edificios de la universidad. La policía, dicen, ingresó a la fuerza a las residencias femeninas e incluso amenazaron con matar a los guardias si no colaboraban.

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El saldo de heridos, muertos y desaparecidos nunca se supo a ciencia cierta. Según medios de la época hubo 22 uniformados lesionados, seis estudiantes desaparecidos -dos de ellos murieron por heridas de bala-, pero nunca una cifra concreta.

Nunca se supo el nombre de los policías, ni su situación; tampoco se aclaró qué pasó con los estudiantes, ni cuantos fueron heridos, asesinados o retenidos. El crimen de ‘Chucho’ León aún permanece impune, como tantos hechos violentos que ocurrieron en Colombia en la década de los ochenta.